La esencia del campeón, la construcción de un hombre
La esencia del campeón, la construcción de un hombre
Hace cinco años, decidí retomar el deporte. Con 43 años a cuestas y el recuerdo lejano de mis días de atletismo juvenil, me propuse entrenar triatlón. Buscando compañeros de aventura, encontré un grupo en Cajicá llamado Great Warriors, dirigido por un tal Alejandro Rivas. Pronto descubriría que no era un entrenador cualquiera, sino alguien realmente extraordinario: Alejandro había obtenido el sexto lugar a nivel mundial en el Ultraman de Hawái, un dato que me dejó atónito. Yo apenas aspiraba a completar un triatlón corto, pero él ya dominaba distancias que sonaban inhumanas. De hecho, sus logros hablan por sí solos:
- Récord mundial en Ultraman Non-Stop –
Terminó 10 km de natación, 421 km de ciclismo y 84 km de carrera en 26
horas 30 minutos, rebajando en dos horas y media el récord anterior.
- Campeón del Ultraman México 2025 – En su
“último baile” deportivo ganó la primera edición de esta prueba (465 km en
tres días) con un tiempo total de 23 horas 41 minutos 46 segundos.
Esta fue, según él mismo, la última competencia de su carrera deportivo.
Estas cifras desafían la
imaginación. Para alguien que iniciaba en triatlón a mi edad, resultaba absurdo
concebir que un ser humano lograra tales proezas. Sin embargo, allí estaba
Alejandro, entrenándonos cada día, encarnando ante nuestros ojos la prueba
viviente de que los límites son mucho más elásticos de lo que creemos.
En los años que entrené bajo su
guía, vi a Alejandro debatir con muchos de nosotros, sus atletas, que
íbamos y veníamos del equipo. Era un hombre de pocas palabras, sí, pero
cada frase suya cargaba con la gravedad de sus convicciones. Al principio
confieso que no siempre entendía su perspectiva; a veces sus comentarios eran
tan directos que dolían. Incluso yo mismo fui blanco de algunas de sus
observaciones implacables. Pero con el tiempo –y especialmente luego de
alejarme del equipo– comprendí el fondo de su mirada.
Alejandro siempre habló como
un campeón, porque es un campeón, en cada fibra de su ser. Desde su
mundo, lo imposible sencillamente no existe. Su manera de pensar, de
escribir, de entrenar y hasta de mostrar afecto o enfado nacía de esa
perspectiva dura pero luminosa de quien se sabe capaz de lograr lo que para
otros sería impensable. Nunca nos consideró débiles; de hecho, confiaba
en nuestras capacidades más de lo que lo hacíamos nosotros mismos. Pero sufría
al ver nuestra “mediocridad” –esa distancia entre lo que él expresaba y
nuestras inseguridades– porque para él nuestras flaquezas eran autoimpuestas.
Nos veía rendirnos ante el cansancio o el dolor donde él habría seguido
adelante. Y es entendible: nosotros estábamos siendo entrenados por un campeón,
no por un instructor común.
Llegué a preguntarme, ¿qué
hace diferente a un campeón del resto de nosotros? Con los años entendí que
un campeón es, ante todo, un ser guiado por metas inquebrantables. Un
campeón traza objetivos que para otros parecerían insensatos y no descansa
hasta superarlos. Es alguien que realiza proezas para la humanidad
entera, empujando un poco más allá la frontera de lo humanamente posible.
Alejandro, por ejemplo, es campeón mundial en lo que hace, porque su
mentalidad nunca concibió otra posibilidad. La mediocridad simplemente no
tiene cabida en su mundo. Su lógica es clara: si hubiese pensado como
piensa la mayoría, nunca habría logrado lo que logró.
“A mí me cuesta mucho expresar
el amor, el cariño y el agradecimiento a las personas que siempre han estado;
ser buen atleta es fácil, ser buen hombre es difícil... muchas cosas por
mejorar y crecer”.
Estas palabras de Alejandro
resuenan en mi memoria. En su sinceridad, deja ver que detrás del atleta de
hierro también hay un ser humano vulnerable. Conquistar el Ultraman le
fue más sencillo que conquistar ciertos aspectos personales. Ser campeón
del mundo, para él, resultó más “fácil” que expresar abiertamente el amor o la
gratitud. Y es que quizás su verdadera próxima meta ya no esté en los
circuitos ni en los triatlones extremos, sino en el día a día, en la esfera
íntima donde todos luchamos por ser mejores personas. Hoy Alejandro ha colgado
el traje de neopreno y la bicicleta de competencia; ha anunciado que ahora su
gran objetivo es “ser un buen hombre”, con todo lo que ello implique, y
yo ardo en deseos de ver cómo ese espíritu indomable afronta esta nueva prueba.
Al reflexionar sobre todo esto, me
alegra que Alejandro exista. Necesitamos personas como él en la humanidad,
por paradójico que parezca. Alejandro es un campeón necesario. Su sola
presencia –a veces incomprendida, a veces incluso temida– nos demuestra que los
límites pueden empujarse un poco más allá. Es un faro, aunque solitario, que
ilumina hasta dónde puede llegar la voluntad humana cuando se combina con
disciplina feroz y pasión genuina. Incomprensible para muchos, aislado
en su propia exigencia, sí… pero siempre necesario.
Alejandro Rivas se construyó a
sí mismo como campeón y vivirá como tal, fiel a esa esencia ganadora que
forjó con sudor, dolor y gloria. Los que tuvimos el privilegio de ser
entrenados por él llevamos algo de esa enseñanza en el corazón: la certeza de
que podemos ser mucho más de lo que creemos, de que lo IM-posible –como
le gusta escribir a él, recalcando el “IM”– no existe. Ahora que su capítulo
deportivo cierra con broche de oro, comienza otro desafío igual de monumental:
el de trascender en lo humano. Y si algo he aprendido observándolo, es
que no hay meta que se le resista. Hoy, más que admirarlo por sus
récords y trofeos, lo admiro por atreverse a ser vulnerable y reconocer que la
grandeza de un hombre no termina en la meta deportiva.
Por eso, gracias Alejandro.
Gracias por recordarnos que los campeones también sienten, también sueñan con
ser mejores personas. Tu legado va más allá de las medallas: vive en cada uno
de nosotros, tus alumnos, que seguiremos persiguiendo nuestros propios límites
con la convicción de que llevamos dentro una chispa de tu fuego. En el fondo,
ese ha sido siempre tu verdadero triunfo. Y en mi caso, puedo decir con orgullo
que haberte conocido transformó mi vida — no solo como triatleta, sino como ser
humano.
Porque campeones hay muchos,
pero campeones necesarios, de los que inspiran a otros a ser su mejor versión,
hay muy pocos. Alejandro Rivas es uno de ellos. Y qué fortuna es que así
sea.

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