Daredevil: Born Again y la anatomía del poder oculto
Algunas ficciones no solo se miran, se habitan. Daredevil:
Born Again es de esas que, bajo la estética de los cómics y la acción
urbana, se desliza como un espejo hacia nuestra propia historia. No se trata
simplemente de un relato de justicieros y criminales, sino de una meditación
sobre el poder, sus formas de manifestarse y, sobre todo, sus formas de
esconderse. En la figura de Wilson Fisk —Kingpin— no vemos al enemigo visible,
sino al más inquietante: aquel que se mimetiza con la legalidad, que se viste
de orden, que ofrece salvación a cambio de sumisión. Y en ese rostro, Colombia
reconoce algunos de sus capítulos más recientes.
Fisk no necesita alzar la voz. Su lenguaje es el del
capital, el del pacto silencioso, el de la red que se extiende por las
instituciones hasta volverlas ecos de su voluntad. Se infiltra, persuade,
compra, reorganiza. Y poco a poco la ciudad ya no se defiende de él, sino que
empieza a parecerle necesario. Esa es su victoria más peligrosa: cuando el
miedo ha hecho que el poder sin rostro se vuelva costumbre.
Nuestra historia también conoce esos procesos. Aquellos
momentos donde el “orden” prometido por algunos sectores del poder implicó
tolerar la violencia paralela, negociar con la ilegalidad, o justificar lo
injustificable. Donde se nos hizo creer que la paz podía comprarse a cualquier
precio, incluso al de la dignidad.
El personaje de Fisk quiere más que el control del crimen:
quiere convertirse en la ciudad misma. Su brazo económico no es accesorio, es
su cuerpo. Sus empresas, sus contratos, sus beneficios fiscales, son la
herramienta con la que vuelve legítimo lo que fue ilegítimo. Es la arquitectura
de la impunidad: usar las formas del derecho para consolidar el despojo.
Y aquí también lo hemos visto. Zonas francas diseñadas a
medida de intereses particulares, megaproyectos levantados sobre el dolor del
desplazamiento, territorios enteros transformados en mercancía. En estos casos,
la ley deja de ser escudo del débil para convertirse en espada del fuerte.
Una de las escenas más potentes de la serie no involucra
violencia física, sino una sesión del concejo: Fisk ya no necesita operar desde
la clandestinidad. Su proyecto ha capturado lo público. Jueces, concejales,
policías: todos se pliegan, por convicción o conveniencia.
Así es como el poder deja de oprimir desde fuera y pasa a
gobernar desde dentro. La captura institucional en Colombia, tan bien ilustrada
por la parapolítica, no fue un desliz del sistema, sino parte del sistema
mismo. La democracia, entonces, ya no es una forma de participación, sino una
puesta en escena.
Pero si el poder controla las instituciones, también
controla el relato. Fisk no necesita censura directa, le basta con dirigir los
medios. Moldea la opinión pública, desacredita a quien denuncia, convierte la
verdad en una versión. La ciudad ya no busca justicia, busca estabilidad.
De nuevo, la analogía es dolorosamente cercana. En nuestro
contexto, las masacres que se anuncian como enfrentamientos, los
desplazamientos que se narran como decisiones personales, los liderazgos
sociales que se criminalizan. La manipulación de la verdad es, en última
instancia, una forma sofisticada de dominación.
Y en medio de todo, aparece Daredevil. No es perfecto. Duda,
falla, se tambalea entre la legalidad y la desesperación. Pero insiste. Porque
incluso en un mundo torcido, hay quienes no renuncian a la idea de justicia. No
como un sistema, sino como una elección ética.
También aquí hay quienes, sin antifaz, hacen lo mismo. Son
los líderes sociales, los defensores del agua, del bosque, de la palabra.
Mujeres y hombres que deciden no callar, aun sabiendo que hacerlo puede
costarles la vida. Su lucha es una forma de recordar que, incluso en medio de
la oscuridad, hay quienes prefieren arder antes que apagarse.
Daredevil: Born Again no es solo una ficción. Es un
ensayo audiovisual sobre el poder en tiempos de incertidumbre. Sobre el costo
de la indiferencia. Sobre el riesgo de confundir la autoridad con la verdad, y
el orden con la justicia.
En una época donde el miedo se utiliza como argumento
político, donde la legalidad se confunde con la ética, y donde la información
se diseña para adormecer, la serie nos deja una advertencia: el poder que no se
ve, también se siente. Y si no se nombra, termina por convertirse en paisaje.
Verla no es solo mirar una historia. Es preguntarse en qué
momento dejamos de distinguir entre lo correcto y lo conveniente. Y, sobre
todo, si todavía estamos a tiempo de recuperar esa diferencia.

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