Villa de Leyva y la estética del falso histórico
Villa de Leyva y la estética del falso histórico
El fin de semana pasado emprendí en bicicleta el recorrido desde Cajicá hasta Villa de Leyva, una ruta exigente que combina el frío del altiplano con el ascenso pausado hacia el corazón boyacense. No era solo un viaje de entrenamiento, sino también una manera de llegar al encuentro con una ciudad que he visitado tantas veces, y que siempre me produce la misma tensión entre admiración y sospecha. Al día siguiente participé en una carrera de 5K que congregó a casi seis mil corredores en un evento organizado como apuesta de la alcaldía actual al turismo deportivo, presentado por el mismo alcalde como una alternativa menos invasiva y de consumo más sano que otras formas de explotación turística, con la esperanza de dejarle a la ciudad ingresos importantes y sostenibles. Aunque la carrera era recreativa, el despliegue logístico, la multitud y la puesta en escena mostraban el poder de convocatoria de una estrategia que convierte la actividad física en espectáculo masivo.
En ese contexto de exaltación, la experiencia parecía redonda: Villa de Leyva no solo ofrecía sus calles empedradas y su historia, sino también la vitalidad de un evento que unía deporte, paisaje y comunidad. Pero la decepción llegó en otro terreno, cuando acepté probar la famosa miloja que tantos visitantes buscaban. Lo que encontré fue un postre de dos capas gruesas de hojaldre, relleno de crema chantilly y cubierto con frutas, una versión completamente distinta de la milhoja que conocí desde niño en las panaderías del altiplano, aquella de hojaldre fino y múltiple, con arequipe y crema pastelera impregnando cada capa. Mi decepción personal se amplificó al escuchar a turistas extranjeros celebrarla como la auténtica milhoja colombiana, y a jóvenes locales repetir esa misma idea con convicción. En ese instante comprendí que lo que estaba ante mis ojos no era un simple cambio de receta, sino un proceso cultural profundo: lo escenificado estaba desplazando a lo auténtico, lo fabricado para el consumo inmediato estaba ocupando el lugar de la tradición transmitida.
Villa de Leyva, con su plaza mayor de 14.000 metros cuadrados —la más grande del país—, declarada Monumento Nacional en 1954 y fundada en 1572, es un símbolo del patrimonio colombiano. Sus calles empedradas, sus casas blancas con tejas de barro, sus balcones de madera, conforman una de las imágenes más repetidas de lo que se entiende como lo colonial. Esa condición la convierte en un lugar privilegiado, pero también en un laboratorio de transformaciones peligrosas. Lo que ocurre con su arquitectura y con su repostería son expresiones del mismo fenómeno: hoteles recién construidos que imitan la estética del siglo XVII para vender una experiencia “colonial” y postres reinventados que se presentan como “tradicionales” aunque no lo sean. Es el triunfo del falso histórico, del decorado aceptado como patrimonio, de la mercancía folclorizada que sustituye la memoria viva.
La teoría de Dean MacCannell sobre la autenticidad escenificada describe bien este mecanismo: el turista cree acceder a lo genuino, pero consume un escenario cuidadosamente montado. Alan Bryman habló de la disneyficación, donde la cultura se tematiza y se empaqueta para ser vendida como espectáculo. Eric Hobsbawm explicó la invención de la tradición, cómo prácticas recientes se presentan como antiguas hasta instalarse como verdades incuestionables. Y Néstor García Canclini advirtió sobre la folclorización: la reducción de la complejidad cultural a un producto listo para ser consumido, muchas veces legitimado por el propio mercado. Todo esto se entrelaza en Villa de Leyva, donde la arquitectura, la gastronomía y ahora el deporte se convierten en dispositivos de un mismo sistema de turistificación.
Lo que parece anecdótico —un hotel con patio interior demasiado perfecto, una miloja adulterada, una carrera multitudinaria— en realidad forma parte de una trama más profunda en la que la ciudad corre el riesgo de ser devorada por su propio éxito. El turismo puede ser bendición y veneno al mismo tiempo: puede sostener la economía, pero también corroer la identidad. Villa de Leyva, con su prestigio patrimonial indiscutible, debería ser espacio de memoria viva, no de escenificación complaciente. Defender la miloja tradicional, con su hojaldre delicado y su arequipe denso, no es un gesto menor ni una nostalgia caprichosa: es preservar la continuidad de un saber hacer que forma parte de la identidad del altiplano y del país. Reconocer que la arquitectura colonial no es reproducible como decorado de hotel es aceptar que el patrimonio no puede convertirse en parque temático.
Ese fin de semana confirmé que la disputa por la autenticidad no se libra solo en los museos o en las academias, sino en la mesa de postres, en las fachadas recién pintadas, en la organización de una carrera popular. Lo que aceptemos como verdadero hoy será lo que las próximas generaciones reconozcan como tradición. Si dejamos que la copia reemplace a lo original, terminaremos celebrando decorados y sabores falsos convencidos de que estamos defendiendo nuestro patrimonio. Y cuando eso ocurra, la memoria habrá sido sustituida no por el olvido, sino por la escenificación rentable de lo que alguna vez fuimos.

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